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Brüno

"Are you hitting on me?"

Después de la total genialidad que supuso Borat abrazando el concepto de semi-falso documental cómico como forma de dinamitar y señalar con su dedo cáustico todas las miserias de la doble moral no-sólo-yanki (de forma infinitamente más certera que el patético Michael Moore), Sacha Baron Cohen eleva en Brüno su propio género a la cima más alta que puede alcanzar un cómico: la irreverencia y transgresión más absolutas unidas a un discurso único, valiente y magistral cuya voz no tiembla ni un segundo a la hora de escupir sobre los hipócritas en forma de performance exquisita y extrema todos los tabúes y prejuicios de una sociedad enferma de submentalidad y corrección política, demostrando así el ideal y tan necesario status del cómico de verdad como filósofo, cirujano, francotirador y exégeta de su época, que no sólo puede sino que DEBE reírse (sin ningún tipo de límite) de CUALQUIER COSA para hacer patentes los sumideros y alcantarillas de la naturaleza humana y de su lado oscuro. Esta es, sin duda (y junto a Borat), una de las películas imprescindibles en lo que va de siglo XXI. El que no sea capaz de verlo simplemente no entiende que el arte y la comedia deberían ser y aspirar exactamente a esto: cambiar el mundo sin parecerlo ni pretenderlo. Y el mundo es un lugar muchísimo mejor con Brüno y Sacha Baron Cohen orinando sobre él.

(¿Alguien ha dicho Miguel Noguera?)

Novedades en el frente

Los duelistas somos, en general, golfos intratables. Caóticos y pendencieros, infieles y tabernarios, indómitos por naturaleza e irresponsables por vocación. De todo menos fiables. Así que no me crean si les digo que cada vez que han llamado a esta puerta en los dos últimos meses y les ha respondido el silencio, ha sido por una buena razón. Que ha habido de por medio batallas y escaramuzas, largas campañas, cuarteles de invierno y allanamientos de alcoba que lo justifican todo. No se crean una palabra, pero así ha sido. Y no puedo hablar por mi colega D’Hubert (sólo Dios sabe donde abreva ese bastardo), pero he aquí un compendio de los asuntos que le han quitado el sueño a servidor estas semanas durante las largas vigilias y las noches al raso:

1. La Finale de Lost.

La isla en manos del fan: la metáfora perfecta

O el principio de algo que pocos sabemos definir pero que a muchos se nos antoja La Gloria. Demasiado se ha escrito ya estos días, y no seré yo quien resuma aquí y ahora en cuatro líneas lo que tantos llevamos 6 largos años construyendo. Lo único que diré aquí y ahora es que la Ficción, cada vez más (y gracias, entre otros, a J. J. Abrams y Damon Lindelof) se escribe con F de Futuro. Eso es algo que no podrán evitar ni el fan fatal de última hora, ni la ceguera reinante en los medios, ni los berrinches pueriles y frustrados de los que intentan enhebrar en la estrecha aguja de sus mentes esta soga repleta de nudos marineros. Como tantas veces en la Historia (y sí, por si aún lo dudan, Lost es Historia), la luz del genio pretende ser eclipsada por la sombra de la mediocridad empeñada en acercarse a la cultura para autoafirmarse, y herida en su orgullo al toparse con su propia idiotez sin reconocerla jamás ni darle una oportunidad al aprendizaje. Las piedras que le han llovido a Lost están hechas, no se equivoquen, del mismo material que las llamas en las que ardió Giordano Bruno o los muros que intentaron acallar la incómoda voz del Marqués de Sade. Pongan las distancias que quieran o llámenme exagerado, pero no les mientan a sus hijos cuando, dentro de 20 años, la recuperen online y les pregunten, con los ojos como platos, cómo fue vivir aquellos tiempos: será demasiado tarde y ellos verán la mentira en su cara de perdedores. Ustedes tampoco lo vivieron.

2. Nazis & Ruskies from Outer Space.

¿No se os hace la boca agua?

Del futuro forman parte también visionarias iniciativas como la “finlandesa” Iron Sky o la “española” El Cosmonauta.  El entrecomillado se debe, precisamente, a que la propuesta de estas películas por venir se basa en la construcción de un nuevo modelo de industria cinematográfica independiente que pasa por la participación (a nivel tanto económico como artístico) del fan de cualquier parte del mundo. Así, desde los cimientos, cualquiera interesado en las historias puede seguir paso a paso y de forma transparente todo el proceso de [pre/post]producción de un film que, en mayor o menor medida, él mismo puede ayudar a levantar. E incluso recibir beneficios por ello. No deja de ser curioso cómo ambos proyectos, además de una evidente voluntad de transgresión y rebeldía hacia un modo de hacer cine que le viene pequeño a los nuevos tiempos, comparten también un cierto parecido temático. Un cosmonauta perdido en el espacio que regresa a una Tierra deshabitada y unos nazis que despiertan de su letargo de 60 años en el lado oscuro de la Luna para invadir nuestro planeta e instaurar el IV Reich, pueden ser, si todo va bien, algunas de las primeras criaturas nacidas al amparo de esta revolucionaria y refrescante manera de entender la creación colectiva de un arte desde siempre tan comunitario como el cine.

3. Walter White, el Padre Perfecto

El corte de manga como terapia

Breaking Bad es, en muchos sentidos y muy por encima de Mad Men, la serie del momento. Y Bryan Cranston es el rostro del tipo que a muchos nos gustaría ser. Quizás Californication nos confundió por un momento apelando a la fantasía pajera que es Hank Moody, pero el espejismo tan sólo duró un instante: lo que tardó en convertirse en una puta mierda autocomplaciente que dejó de enseñarnos tetas y culos a la misma velocidad que dejó de hablarnos de las cosas que valían la pena. Pero Walter White sí sabe lo que se hace, y sus creadores también. Por eso ahora sé con seguridad que, si algo quiero en la vida es que, bordeando los cincuenta, habiendo aparcado todos mis sueños por un trabajo gris y una zorra retrasada con delirios de superioridad moral que me pajea a la vez que lee a Paul Auster, mientras el que fue mi gran amor nada en dólares en una mansión con piscina casada con el hombre que me arrebató la gloria, la vida me regale en forma de cáncer la oportunidad de mandarlo todo (y a todos) a tomar bien por el culo. Y de paso, redimirme y reencontrarme a mí mismo en el camino. La segunda oportunidad que Vince Gilligan, un animal en estado de gracia y atípicamente consentido (si a Whedon le permitieran la mitad de las boutades que a este todavía estaríamos hablando de Dollhouse en presente), les concede a sus dos personajes protagonistas (perdedores de manual), es la misma por la que cada mediocre de este planeta ruega al cielo cada día de su existencia, y la misma que deja pasar porque no sabe reconocerla en la sutileza de esa caja de cómics que su mujer tira a la basura “por despiste” para dejar sitio a la ropa de la temporada pasada, ni en esa moto llena de polvo que le guiña un ojo cada día aburrida en el garaje, ni en aquella despedida de soltero en la que un colega mencionó algo acerca de un viaje de pirados a Thailandia y la resaca del día siguiente lo convenció de que no era buena idea. Pero la segunda oportunidad de Walter White y Jesse Pinkman es un regalo envenenado. Lo contrario sería demasiado fácil. Tanto como las vidas que han estado viviendo. Por eso estamos asistiendo a un ejercicio de sadismo y crueldad narrativa quizás sólo comparable al Kick-Ass de Mark Millar (cuya lectura también me ha estado quitando el sueño y cuya adaptación al cine es una cuenta pendiente que debo saldar en breve). Y por eso mi nivel de adicción a esta serie está rozando el de su Blue Magic (la metanfetamina/mcguffin): su festival de realismo, sordidez, coherencia, dilemas morales, violencia fronteriza, agentes de la DEA obsesivos y líneas de guión como puñetazos directos a la mandíbula, no es algo a lo que esté preparado para decir que no.

4. (Not so) Funny Games

La familia que juega unida...

El perverso juego de los caninos como dientes “del juicio” en lugar de las muelas es sólo el menor de los hallazgos (meta)lingüísticos de la mejor y más perturbadora película que estos ojos han visto en lo que va de año. Kynodontas (Canino), es el tercer largo del joven y hasta ahora desconocido Giorgos Lanthimos, y curiosamente viene avalada por la rendición absoluta del mismo Cannes que vomitó con el Antichrist de Von Trier. Pero, paradojas incomprensibles aparte, esta fábula (a)moral no le anda a la zaga a su desafortunada compañera de cartel. Fuerza tantos límites como ella, y pone sobre la mesa cuestiones igual de incómodas y susceptibles del mismo rechazo visceral, que puede extenderse incluso a la aridez de su propuesta narrativa y visual (dura, fría y desnuda como pocas que uno pueda ver en la actualidad), cómplice absoluta en su tarea de sumergir al espectador en el más inquietante (y justificado) desconcierto. Sin embargo, su director hace gala de una sutileza tan brillante en el guión y de una honestidad tras la cámara, que su historia va creciendo en detalles y significados al mismo tiempo que el espectador va tomando conciencia de la magnitud del experimento (y dándose cuenta de que no era tanto Lanthimos quien experimentaba con el cine, que también, sino sus personajes con sus propias vidas), hasta el punto de que, minutos antes de los créditos, uno es capaz de intuir que su final no puede (ni debe) ser otro que ese maletero tan perfectamente cerrado como su metáfora. Pero lo realmente escalofriante de Kynodontas, y lo que quizás no nos deje dormir unas cuantas noches, es reconocer en esa familia disfuncional, que se recrea en el aislamiento y la mentira para crear un microcosmos que los defienda a todos de nosesabemuybienqué, un reflejo terrible pero demasiado real de cada uno de nosotros y nuestras propias educaciones intelectuales y afectivas. A la luz de esta película, quizás tengamos más de un reproche que hacerle a papá.

5. Películas amargas

L'Amour et la Violence

Y por último, quizá mi descubrimiento favorito. Convertido en todo un fenómeno de Internet a raíz de su cortometraje Rejected (2000), Don Hertzfeldt es un joven animador cuyos métodos artesanales (35mm y lápiz sobre papel) y un sentido del humor realmente especial confieren a su discurso sobre el amor y la violencia, o a sus frecuentes juegos metalingüísticos, un sabor agridulce  que me fascina (no es casual que Bitter Films sea el nombre de su web). Creador minimalista, lúcido y trangresor (en una época donde la animación suele sacrificar la creatividad al dios de las 3D, lo tradicional, sobre todo en sus manos, huele a revolución), sus modestos e intencionadamente feístas universos de trazo grueso se enriquecen hasta lo entrañable con los paisajes emocionales que dibuja, paradójicamente, con la mayor precisión, alrededor de unos personajes equívocamente planos e inexpresivos. Ah, L’Amour , Billy’s Balloon, Lily and Jim o Genre, por ejemplo, son auténticas joyas en las que aflora su devoción por el absurdo y lo falsamente naïf como herramientas para la exploración, al mismo tiempo, de lo visceral y de lo intelectual, de su propia identidad y de los límites creativos; y son también un magnífico aperitivo para alguien que, como yo, tan sólo está empezando a disfrutarlo.

(Cuando vi el primer corto de Hertzfeldt lo relacioné inmediatamente con una canción. Si hacen click en la imagen, hay escondida una sorpresa que quizá les guste.)


Fantastic Mr. Anderson

"Quiéreme o te muerdo"

Poseedor de una de las filmografías más deslumbrantes y coherentes para este que escribe y, según Jordi Costa, “cultivador de la paradoja que ocupa, con cierta arrogancia, un islote situado en el exacto punto medio entre lo irritante y lo fascinante”, Wes Anderson se ha convertido (tras una inicial relación amor/odio intensa y gradual de la que el odio se ha ido evaporando a medida que las silenciosas sutilezas de su imaginario esquivo brotaban rotundas y extrañamente hermosas como las orquídeas de Adaptation) en una debilidad particular que ostenta, precisamente junto a Spike Jonze o Todd Solondz, el don de combinar una de las miradas más personales, perturbadoras y ensimismadas (casi siempre en el mejor sentido de la palabra) de su generación, con un talento visual tan intransferible como su universo interior. Algo cuya traducción al lenguaje de las imágenes suele adoptar en la mayoría de los casos la forma un tanto inaccesible y alienada de la poesía.

Si la idea que vertebra todo el cine de Anderson (desde su debut con Bottle Rocket, que ampliaba y llenaba de matices su cortometraje homónimo, hasta el existencial díptico Hotel Chevalier/The Darjeeling Limited, pasando por la fundacional e imprescindible Rushmore, donde ya emergían todas las características de un estilo sólidamente afianzado a pesar de su juventud ) es tan vieja como el hombre: la búsqueda egoísta y desesperada de asideros emocionales y afectivos que mitiguen la dolorosa sensación de vagar en solitario por un cosmos que responde a nuestra duda escupiéndonos evasivas con cuentagotas; Fantastic Mr. Fox emprende una múltiple hazaña de descomunal alcance y llena de logros en diversos frentes. No sólo es capaz de actualizar y dotar de vigencia al espíritu rebelde y transgresor de la obra de Roald Dahl (en la que es probablemente su mejor adaptación, con permiso de Willy Wonka & The Chocolate Factory) sino también de refundir dentro de ella todas sus constantes y obsesiones autorales, en una perfecta simbiosis que convierte (como hizo Jonze con Sendak en Where the Wild Things Are) un sugerente cuento infantil en un poema lúcido y melancólico para el niño indefenso (más o menos oculto) que todo adulto lleva dentro. Y por si la complicación de este transvase fuera poca, Anderson se reserva todavía otro más impactante: la reconversión estética de su caligrafía y sus parajes emocionales de imagen real en una cautivadora geografía stop-motion de orgulloso look artesanal y reminiscencias añejas, salpicada aquí y allá de homenajes y referencias (uno ha querido ver, por lo menos, en el Mr. Fox doblado por George Clooney y en el sidecar que conduce, sendos guiños cómplices a Ocean’s Eleven y el Sherlock Hound de Miyazaki).

Amante de las familias disfuncionales (The Royal Tenenbaums) y de las comunidades heterogéneas (The Life Aquatic with Steve Zissou) como contexto en el que situar esa persecución enfermiza y casi psicótica del afecto que nos lleva a herir al otro o autolesionarnos tan sólo para poder lamernos las heridas, el director de Fantastic Mr. Fox utiliza sabiamente la naturaleza animal de sus personajes para destilar la perfecta metáfora que la historia de Dahl le sirve en bandeja y dar así a su discurso una nueva vuelta de tuerca que no es tal porque, en realidad, aunque nunca de forma tan obvia, siempre había estado ahí. Si hasta ahora sus personajes, como nosotros, se relacionaban a empujones (chocando e invadiéndose en una suerte de torpeza infantil, como seres asustados que huyen hacia adelante tropezando a tientas en la oscuridad), sin poder evitar, en su diferencia, ser aquello que han nacido para ser; Mr. Fox, que se revela también incapaz de hacer frente a su íntima condición de depredador, y tendrá que ver pagar a los que le rodean las consecuencias de sus actos, se da cuenta en última instancia de una paradoja sorprendente: la solución a todos los problemas que ha causado su rendición a los instintos más primarios pasa por que sus seres queridos asuman y desarrollen sus propias e ineludibles naturalezas.

Y una vez más Anderson, como el cosmos, en forma de verdad mínima pero cegadora (acaso las únicas posibles), nos escupe con cuentagotas una de sus obvias y crueles evasivas: hacemos locuras porque queremos que nos quieran, y porque somos, al fin y al cabo, criaturas salvajes.

New Moon: Aquella sed

"Pito, pito, gorgorito..."

Hace años (los suficientes para alimentar la perspectiva, pero no tantos como para distanciarme) hice un pacto conmigo mismo que aún perdura: nunca me convertiría en el adulto arrogante que observa a los más jóvenes desde la barrera de la condescendencia. Hasta los cojones de sentir mis ideas, actitudes y emociones devaluadas por el estigma ridículo y la fría matemática del carnet de identidad, después del pacto vino la búsqueda de los motivos que llevan a la gran mayoría, con solamente el paso de una década, a convertirse en (amnésicos) gilipollas. Y lo cierto es que, aunque el transcurso del tiempo y el desarrollo de un sentido (auto)crítico a prueba de bombas me ha colocado aparentemente muchas veces en el bando de “los malos”, nunca podré dejar de sentirme muy próximo (con sincera identificación y lejos de peterpanismos impostados o de la cercanía fingida y patética de profesor universitario) al discurso y la poética adolescente en todo su esplendor, su miseria y su crueldad. En resumen. Púberes y prepúberes del mundo: ya nunca seré uno de los vuestros, pero me esfuerzo.

Hoy está de moda condenar (o lo que es peor, desdeñar) productos como New Moon, o su algo inferior antecesora Twilight, en nombre de no sé qué fundamentalismos vampíricos y distanciamientos hipócritas de aquellos que en su día, problablemente, disfrutaron sin atisbo de placer culpable el Drácula de Coppola, las novelas de Anne Rice, o la legendaria y apabullante Buffy, The Vampire Slayer (serie fetiche que me une a D’Hubert, en plena preparación de un monográfico Whedon, más allá de lo esperable): esa misma doble moral que despotrica sobre la vacuidad e intrascendencia del blockbuster, la serie B y cada vez más del cine de género (cuando salen filósofos de cubata de debajo de las piedras, hasta a la comedia se le niega su legitimidad), para abrazar la supuesta “profundidad” del último Eastwood, Loach o Haneke de turno.

Pero la verdad es que la película de Chris Weitz, al contrario de todo lo que pueda esperar el sector de haters que lo son sin ni siquiera haberle dado la oportunidad de que los sorprenda, espoleados por el hype de los best-sellers (y cuyo rechazo, de por sí, es ya todo un aliciente para acercarse a ella), se toma a sí misma tan en serio que duele. Tanto que, de no rezumar la convicción y sinceridad que impregna cada uno de sus fotogramas, podría ser considerada (y muchos se equivocan al hacerlo) tan risible como un culebrón teen de sobremesa. Pero desde la mirada limpia de un profano en la obra de la Meyer, uno no puede evitar sentirse golpeado por lo auténtico de la sensibilidad y la extraña belleza que emana de entre sus diálogos e imágenes (dejando aparte esa algo empalagosa estética emo), que ayuda tanto a entender el entusiasmo del público al que la película habla (en susurros) al oído, como puede despertar por momentos la ira acomplejada del castrado emocional.

Elevando el eterno conflicto adolescente a la categoría que le pertenece, la de pesadilla cotidiana plagada de monstruos internos y externos, y proponiendo la abstinencia, en oposición a las urgencias de la carne, como modelo de conocimiento gradual en una época vital marcada por el miedo al “otro”, y en unos tiempos dominados por el consumo omnívoro y fast-food de productos y personas (mientras juega a erigir en ídolos sexuales a sus protagonistas, pero eso ya es otro cantar), New Moon es un drama a la vez gélido y apasionado que pulsa a base de certeras metáforas (diáfanas, eso sí: la película jamás olvida su condición de hija de la era fotolog) todas las claves emocionales de una generación que hemos dado injustamente por perdida antes de concederle la voz y la palabra. Puede que algunas de sus carencias (que las hay) y su apuesta (discutible) por eliminar hasta el mínimo rastro transgresor de la ecuación, la conviertan para muchos en una cinta inofensiva y conservadora. Otros, aquellos que recordamos que el nombre para aquel que cambia y crece recoge en su sabia etimología (del latín adolescere) los ecos temblorosos del arder y del sufrir, no podemos evitar revivir aquella sed.

Votad, votad, malditos…

Interrumpimos la programación habitual para hacernos eco de esta curiosa y pionera iniciativa. La editorial SM propone a todo aquel que quiera participar, sin límite de ningún tipo, comprimir sus aspiraciones literarias en no más de 160 caracteres. La frase inicial inspiradora ha de ser obligatoriamente “No quedaban libros…” Anímense y diviértanse. Es un sano ejercicio de imaginación.

He aquí los de un servidor:

Estupefacto.

Náufrago.

Batallitas.


Amén.

[Aunque me sabe mal tener que hacer algo así, el guante arrojado por mi colega D’Hubert, mi promesa de recogerlo durante los próximos días, y la falta de tiempo que me aqueja ahora mismo para extenderme como me gustaría, me hacen recurrir a un texto menos apasionado y completo de lo que cabría esperar de mi fervor por esta serie, y escrito por mí para otros propósitos (digamos, ejem, “académicos”). Quizás por ello noten en él cierta distancia. No obstante, creo que recoge una buena parte de los pilares de mi discurso acerca de Lost, y les prometo explayarme a gusto si me tiran piedras en los comentarios].

Si hay un producto audiovisual, o mejor dicho un fenómeno social, que se haya elevado por méritos propios de la mediocridad, los estándares y la tradición, para convertirse en la Obra Total, al mismo tiempo cumbre artística y conceptual, prodigio de la interactividad y el marketing (“lo viral”, si bien no nació, sí se disparó con ella), transgresión y vanguardia, y captura épica y genial del zeitgeist de nuestros tiempos, ese producto es Lost.

En ella está absolutamente todo. Y uniendo ese todo, la interactividad (hasta niveles jamás vistos) que ha generado no sólo la masiva creación de clubs de fans y páginas monográficas en todo el mundo, sino la DISCUSIÓN y el verdadero DEBATE entre ellos. Así, en mayúsculas, porque nunca antes se había enriquecido tanto una serie de televisión con las aportaciones de sus espectadores, y viceversa. Porque nunca antes se había producido la creación de fan art (en la acepción menos corta de miras del término) en tantísima cantidad, calidad, y complejidad. J. J. Abrams, su productor, fue el primero en entender la necesidad de un planteamiento de los resortes narrativos y publicitarios de la nueva narrativa televisiva (y también cinematográfica, como demostró con Cloverfield) acorde con los tiempos. Y apostó por convertir a la publicidad en aliada, y no en enemiga. Lost no es sólo una serie de televisión, sino que corresponde a toda una nueva forma de entender el mundo, la época que nos ha tocado vivir, y más particularmente, el medio audiovisual en estrecha relación con todo ello.

En Lost existe una cantidad inmensa de personajes, llegados de todas partes del mundo e interrelacionados más tarde entre sí por misteriosas coincidencias, porque nuestro mundo, el de hoy, es así. Vivimos inmersos en una inmensa maraña de links virtuales y físicos al mismo tiempo. Vínculos que Internet ha hecho patentes, pero que siempre habían estado ahí, y que sólo ahora, y en gran medida gracias a productos como esta serie, somos capaces de advertir y celebrar.

En Lost se juega (de forma magistral) con el espacio y con el tiempo, porque las nuevas tecnologías y los nuevos modos de vivir (y de consumir, y no sólo ficción) basadas en ellas, son fragmentarias, y conectan directamente nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro, lo ponen todo a nuestro alcance, mezclado en bendito caos, y nos abren la posibilidad de interrelacionarlo, al igual que las paradojas cuánticas de la serie, que hablan (entre muchas otras cosas, ya que su nivel de lecturas, su subtexto, como el de cualquier obra maestra, es casi infinito), de la responsabilidad de nuestros actos en cualquier dirección que el tiempo transcurra.

En Lost se juega directamente con nuestras mentes, con la del espectador, en un espectáculo nunca visto de retroalimentación en blogs, foros y páginas personales (todos recordamos los rumores que afirmaban que los guionistas entraban en ellos de incógnito para calibrar la dirección de las reacciones y las hipótesis de su público y luego subvertirlas por completo), hasta el punto de que podemos afirmar, como con ninguna ficción antes, que esta no sería lo que es sin su público, sin sus interpretaciones y su implicación en ella; y se hace así porque el “nuevo” mundo que los tiempos hacen abrirse ante nuestros ojos, es un mastodóntico enigma que se nos revela cada día lleno de infinitas posibilidades y respuestas al asomarnos a él a través de nuestro Pc, nuestro Iphone, o nuestra consola de videojuegos.

En Lost las relaciones de los personajes se bifurcan y convergen, en sucesiones de coincidencias imposibles, momentos trágicos y épicos, y estos se definen a través de ellas y evolucionan, porque así es como nosotros buscamos y alcanzamos nuestra identidad en la sociedad actual, relacionándonos, comunicándonos cada vez más y con mayor precisión, con mayor fuerza.

En Lost se plantean grandes interrogantes sin respuesta, nadie conoce hacia dónde se dirige su destino, ni si sus decisiones son correctas, ni si hay una voluntad que guía todos sus actos, o todos ellos son producto del azar (¿les suena de algo? Los personajes son “engullidos” por una trama que los supera como a nosotros nos “engulle” la vida misma). En Lost las tramas son complejas, pero coherentes, los running gags o las inesperadas y gozosas conexiones, referencias y guiños, no sólo internas entre capítulos, sino también externas, a cualquier tipo de producto cultural que aporte algo de feedback a la historia, demuestran una impecable planificación, que va más allá de la responsabilidad de un guionista para con sus espectadores y para con la historia, que no se somete a la tiranía de la publicidad ni del propio canal en el que se emite, liberada de ella entre otras cosas por obra y gracia de Internet (la Bestia), ante la que se inclina reverente, porque sus creadores saben que es el futuro y cada vez más el presente, y no sólo de la televisión.

Finalmente, no puedo resistirme a la tentación de terminar este post con las emotivas palabras de Nacho Vigalondo, uno de los fans más irreductibles de la serie, y también uno de sus más inteligentes y ubícuos defensores, que ha hablado de ella muchísimo más elocuentemente que yo (aquí, aquí, aquí, aquí y aquí):

“La multiplicación de significados, metáforas y temas explícitamente planteados sobre la mesa ha transformado aquel sencillo apunte acerca de la fe en un inabarcable laberinto en el que se pelean todas las variantes del misticismo moderno, en esta época en la que se confunden iglesias y corporaciones, ciencia y espiritualidad. Un personaje levanta una iglesia, para que otro emule a Castaneda dentro de ella. Un físico cuántico se da un paseo con un médium. Los chamanes y los científicos se convierten en los demiurgos de las tramas. Y la naturaleza del milagro se redefine capítulo a capítulo.

Y por último, un elemento metalingüístico sin precedente: ahora que podemos imaginar la serie en conjunto, podemos darnos cuenta del paralelismo entre los protagonistas y el mismo espectador. Ambos enfrentados a similares saltos de fe, frustraciones y recompensas. Si hay algo que Lost ha conseguido hacer con su público, al igual que con sus personajes, es dividirles entre en creyentes y escépticos. Están los que han dejado de creer. Y los que nos hemos convertido en devotos“.

Hay que empezar por definirse“. Eso dijo una vez un hombre mucho más sabio que yo. Parece más difícil de lo que es en realidad porque, en el fondo, uno sabe cómo es, cómo siente y cómo piensa, aunque la mayor parte de las veces le cueste expresarlo e, incluso, reconocérselo a sí mismo. “Conócete a ti mismo” es lo que rezaba la entrada del oráculo de Delfos y aquellos que allí llegaban buscando el conocimiento recibían el mejor consejo posible si sabían apreciarlo. Así que trataré de ponerlo en práctica y definirme un poco, si no con mis actos, sí con mis palabras. Pues, conviene decirlo, el pistoletazo de salida de este blog es cosa de mi ilustre… asociado, quien, deseoso de entrar en liza y harto de excusas y demoras de quien esto suscribe -que por naturaleza tiende a la pereza y la molicie- se lanzó al ruedo por su cuenta y riesgo, haciéndome amablemente partícipe de sus palabras. Pero se trataba de definirse, he dicho, y como el gusto aquí, y en cualquier lugar, dice si no todo sí mucho de alguien, vamos a expresarlo. Y lo haré con vehemencia, porque no sé -ni quiero- hacerlo de otro modo: NO ME GUSTA LOST. O, más bien, dejó de gustarme. Hace mucho.

Estas palabras, hoy en día (creedme), no son fáciles de pronunciar sin consecuencias. Las hordas de fans de esta producción de J. J. Abrams están por doquier. Sí, amigos, a buen seguro conoceréis a muchos que se cuenten entre sus filas. Es más, seguramente algunos de los que esto leéis (no me hago ilusiones, sé que de momento aquí somos más bien pocos) estaréis entre ellos. Y me parece muy bien, dicho sea de paso. Pero el caso es que afirmar en cualquier tertulia de bar entre amigos, por ejemplo, que uno no ve Lost, puede derivar, y a menudo lo hace, en arqueo de cejas, miradas de incredulidad, sorpresa o incluso en demostraciones de pesar que terminen emulando al famoso cartel de Platoon. No ver Lost puede derivar en exclusión social (moderada en condiciones normales, no es cuestión de exagerar) lo mismo que no ver Gran Hermano lo haría en otros círculos. Porque Lost, es inútil negarlo, se ha convertido en un fenómeno televisivo y social. Pero el caso es que eso, más allá de la curiosidad que me produce, no me interesa. Lo que me interesa contar aquí son los motivos que me han llevado a cambiar de parecer sobre esta serie. Porque yo, en un principio, disfrutaba con Lost. Su primera temporada consiguió, como a casi todo el mundo, engancharme. Hubiera creído que sin remisión. Pero, con el tiempo, mi inicial entusiasmo fue decreciendo hasta casi desaparecer del todo. ¿Motivos? Bien. Toca definirse otra vez. Bien sea en una serie de TV, en una película, en una novela o en un cómic, lo que yo valoro por encima de todas las cosas, lo que de verdad marca la diferencia en el terreno de la calidad para mí, son los personajes y su desarrollo. Si yo consigo identificarme con ellos, con sus penas y alegrías, sus miserias y fracasos, si sufro y me alegro con ellos, entonces estoy dentro de la historia. El autor, sea cual sea y del medio que sea, me ha ganado para su causa. Y una vez lo hace, si permanece fiel a esas pautas, es difícil que logre perderme. Lost, y disculpad el chascarrillo, consiguió perderme como espectador más o menos a la altura de la mitad de su tercera temporada. Pero incluso antes de eso, antes de esos titubeos narrativos evidentes y ese molesto estiramiento de las tramas, la cosa ya me olía mal.

Lost empezó como un misterio y siguió siéndolo, eso no cambió, hay que reconocerlo. Y siempre, SIEMPRE, fue una serie con un evidente componente de ciencia ficción. Negar eso cuando en el primer episodio aparece una criatura hecha de humo que devora gente es un poco absurdo. Lo aclaro porque en el bando “rebelde” (y minoritario) de los espectadores que han ido quedando por el camino, muchos aducen como motivo que la serie se convirtió en algo que no era al principio. Y eso es incierto. Pero Lost se sustentaba en otra base: sus personajes. La estructura de cada capítulo se centraba en uno de estos supervivientes y a base de flashbacks se nos iba desgranando poco a poco información sobre este heterogéneo grupo de desconocidos que podrían tener mucho más en común de lo que ellos mismos imaginan. Y esto funcionaba. Y enganchaba. Y durante una magnífica primera temporada yo estuve al pie del cañón disfrutando y sufriendo con las penurias de Jack, Locke, Sawyer, Kate, etc. Aprendiendo a conocerles y disfrutando en el proceso. Pero eso sí que cambió. En un determinado momento los personajes pasaron a un segundo plano arrinconados por una trama de proporciones pantagruélicas, hasta tal punto que aún hoy no se ha desvelado del todo. Y para poder desencadenar al titán argumental que permanecía oculto a plena vista (o eso parece) se ha sacrificado a los personajes. Hasta un punto en que, para mí, han dejado de importar y de tener interés. Ya no importa quiénes son o qué les ocurrirá, lo que prima en Lost es saber qué pasa, qué ocurre en esa Isla. Tan sólo les queda la baza del misterio. Y a mí eso no me basta. Nunca me ha bastado. Y he llegado a la conclusión, tras cuatro temporadas, de que ni siquiera me interesa conocer el final. Porque el misterio para mí siempre fue un añadido. Un aliciente más. Un extra.  El misterio que yo quería ver desvelado era el de unos personajes que, en su mayoria, me resultaban fascinantes. Pero de ellos apenas quedan jirones que amenazan con desvanecerse del todo. Algunos ya lo han hecho. Y desde luego ya no ejercen en mí ninguna fascinación. Y a partir de ahí, para mí, el resto es silencio.

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