Hace años (los suficientes para alimentar la perspectiva, pero no tantos como para distanciarme) hice un pacto conmigo mismo que aún perdura: nunca me convertiría en el adulto arrogante que observa a los más jóvenes desde la barrera de la condescendencia. Hasta los cojones de sentir mis ideas, actitudes y emociones devaluadas por el estigma ridículo y la fría matemática del carnet de identidad, después del pacto vino la búsqueda de los motivos que llevan a la gran mayoría, con solamente el paso de una década, a convertirse en (amnésicos) gilipollas. Y lo cierto es que, aunque el transcurso del tiempo y el desarrollo de un sentido (auto)crítico a prueba de bombas me ha colocado aparentemente muchas veces en el bando de “los malos”, nunca podré dejar de sentirme muy próximo (con sincera identificación y lejos de peterpanismos impostados o de la cercanía fingida y patética de profesor universitario) al discurso y la poética adolescente en todo su esplendor, su miseria y su crueldad. En resumen. Púberes y prepúberes del mundo: ya nunca seré uno de los vuestros, pero me esfuerzo.
Hoy está de moda condenar (o lo que es peor, desdeñar) productos como New Moon, o su algo inferior antecesora Twilight, en nombre de no sé qué fundamentalismos vampíricos y distanciamientos hipócritas de aquellos que en su día, problablemente, disfrutaron sin atisbo de placer culpable el Drácula de Coppola, las novelas de Anne Rice, o la legendaria y apabullante Buffy, The Vampire Slayer (serie fetiche que me une a D’Hubert, en plena preparación de un monográfico Whedon, más allá de lo esperable): esa misma doble moral que despotrica sobre la vacuidad e intrascendencia del blockbuster, la serie B y cada vez más del cine de género (cuando salen filósofos de cubata de debajo de las piedras, hasta a la comedia se le niega su legitimidad), para abrazar la supuesta “profundidad” del último Eastwood, Loach o Haneke de turno.
Pero la verdad es que la película de Chris Weitz, al contrario de todo lo que pueda esperar el sector de haters que lo son sin ni siquiera haberle dado la oportunidad de que los sorprenda, espoleados por el hype de los best-sellers (y cuyo rechazo, de por sí, es ya todo un aliciente para acercarse a ella), se toma a sí misma tan en serio que duele. Tanto que, de no rezumar la convicción y sinceridad que impregna cada uno de sus fotogramas, podría ser considerada (y muchos se equivocan al hacerlo) tan risible como un culebrón teen de sobremesa. Pero desde la mirada limpia de un profano en la obra de la Meyer, uno no puede evitar sentirse golpeado por lo auténtico de la sensibilidad y la extraña belleza que emana de entre sus diálogos e imágenes (dejando aparte esa algo empalagosa estética emo), que ayuda tanto a entender el entusiasmo del público al que la película habla (en susurros) al oído, como puede despertar por momentos la ira acomplejada del castrado emocional.
Elevando el eterno conflicto adolescente a la categoría que le pertenece, la de pesadilla cotidiana plagada de monstruos internos y externos, y proponiendo la abstinencia, en oposición a las urgencias de la carne, como modelo de conocimiento gradual en una época vital marcada por el miedo al “otro”, y en unos tiempos dominados por el consumo omnívoro y fast-food de productos y personas (mientras juega a erigir en ídolos sexuales a sus protagonistas, pero eso ya es otro cantar), New Moon es un drama a la vez gélido y apasionado que pulsa a base de certeras metáforas (diáfanas, eso sí: la película jamás olvida su condición de hija de la era fotolog) todas las claves emocionales de una generación que hemos dado injustamente por perdida antes de concederle la voz y la palabra. Puede que algunas de sus carencias (que las hay) y su apuesta (discutible) por eliminar hasta el mínimo rastro transgresor de la ecuación, la conviertan para muchos en una cinta inofensiva y conservadora. Otros, aquellos que recordamos que el nombre para aquel que cambia y crece recoge en su sabia etimología (del latín adolescere) los ecos temblorosos del arder y del sufrir, no podemos evitar revivir aquella sed.

